martes, 28 de diciembre de 2010

CUENTO La Bella ojos de Zafiro.


LA BELLA OJOS DE ZAFIRO
Por Christian Hernández
Foto de Internet
 Caminamos un rato por la playa antes de hacer el amor, nuestros pies, inmoralmente descalzos, se ensuciaban de arena cruda, enjuagándose por el vaivén de las olas, y las manos se nos habían enraizado, acabando entrelazadas como flores de pantano. La deposité quedito sobre aquel tibio colchón negro, ese que Dios había creado frente al mar, cubriéndolo por una sábana de chifón adornada con bordados de conchitas húmedas, saqué aquel tulipán blanco, el que estaba marchito entre sus cabellos, y la despeiné con el viento, y besé sus manos santas, y palpé sus pechos, bronces de mujer que no se esconden. No pueden.

Deslicé con exquisitez aquel medio fondo de popelina que se le entallaba en las caderas, rozándole sus piernas de yegua briosa, besando su vulva dulce de aroma a fruta, cuya rajita se definía por encima de las pantaletas, y así, sin más, nos trepamos al cielo, a dormir un rato sobre la única nubecita curiosa, muy desnudos saciamos nuestra sed dentro del mar, tocándonos los labios con la misma pasión desgarradora que unió nuestros sexos, poseyéndonos los cuerpos, compartiéndonos las almas, forjándonos en uno. Enamorados.

Nos presentaron algunas horas antes en el kiosco del pueblo, que está ubicado como el miércoles, merito en medio del zócalo, el cual vive custodiado por frondosas palmeras con cocos de agua en sus techos; ella tenía los labios gruesos y sin gota de carmesí, la figura esbelta como gacela y un vestido de raso con tafeta estampado en negro, la primera mirada que me echó estaba cargada con desdén, como si adivinara lo que yo buscaba en ella, y logró clavárseme entre los pulmones, sus ojos eran del azul del mar, fríos como dos cristales de zafiro, ese domingo yo traía puesta una guayabera de lino y mis pantalones lisos de manta, era una ocasión especial. “¿Bailamos?” pregunté con arrojo, ella arqueó la ceja derecha, desplegó el ala de su abanico español para soplarse un poco y, sin responder palabra alguna, aceptó bailar conmigo el primer danzón de la noche; los arcos del palacio municipal estaban elegantemente trajeados por cortinas ondeantes de manta de cielo, y la brisa tomo formas caprichosas, y aromas de placer, y ambos nos dimos cuenta de que ya nos conocíamos, que llevábamos varias existencias tratando de encontrarnos, cazándonos con redes de agua, como quien caza jilgueros dentro de un revoltoso santuario de mariposas monarca, pero siempre encontrándonos al final.

Nos conocíamos de oídas, del lugar, porque en mi pueblo todos hemos andado alguna vez de boca en boca, manchados por la perfidia, pero de la morena siempre se dijo más de lo que es, mi morenita solitaria de los dientes perfectos, ¿Quién podría conocerla mejor que yo?, si aquella noche me bañé a jicarazos, restregándome el jabón por mis entrepartes, perfumándome de toronja y apagando el quinqué, todo porque ya sabía que me la iba a encontrar, algo me lo latía, “no testerees al diablo, Rufino” me habían dicho los que sabían que la estaba buscando, “No te la vaya a cumplir y después a ver qué haces”; las casitas de mi barrio son viejas, unas con paredes de adobe y las otras de pura tabla hinchada, pero eso era lo de menos, las gallinas se metían por todos lados, picoteando lo que podían de la tierra, “Don Abulón – le decían a mi difunto padre, que en paz descanse - aquí le traigo otra condenada gallina, ésta cabrona se me subió a la cama en medio sueño, ya póngales un límite” “¿pero qué van a saber las pobres de límites y pendejadas Manuelito?. No la amuele”.

A poco de haberme parido me dejaron prestado con él, dizque pa´ que me cuidara unos días, y ya nunca volvieron a recogerme, terminé regalado peor que un perro, pero mejor pa´ mí y mi alma, quien sabe que hubiera sido de éste pobre en aquellas manos, a veces, cuando tocábamos el tema, mi papá decía que padre no es el que engendra, sino el que cría, y tiraba las redes al río papaloapan, arriba de la lancha de motor que usábamos para pescar desde las cinco de la madrugada, por las noches de marzo nadie podía dormir entre el calor y los mosquitos, así que cada quien sacaba su silla para plantarla en media calzada, entonces si se armaban tremendas verbenas, llenas de cerveza, tabaco y carcajadas; a las señoras, con sus faldones y delantales, ni quien las pique, pero las jarochas jóvenes se la pasaban matando sancudos y chaquistes, si hasta los moscos saben a quién picar.

Cuando murió mi padre llegué a tiempo para despedirme, no me le despegué ni de relajo hasta que se fue, en vida era muy mujeriego, pero nunca se volvió a casar, y tantito antes de morirse ya se le habían muerto las miradas, y veía como el que ve a la nada, llamando a una mujer, “chata, chatita, que haces aquí morenita, ¿ya vienes por mi?”, y se fue apagando como el pabilo de una velita gastada, hasta quedarse bien dormido, agarrando el color de la cera. Los funerales se hicieron en el patio, con el perfume vivo de los arbustos de la brisa, o huele de noche que es como le dicen en otros lares, los vecinos llevaron café negro y pan, varias señoras que nunca antes había visto dejaron ofrendas de flores rociadas de tristeza, y él estaba ahí, vestido todo de blanco, con su guayabera de manga larga y el pantalón de manta, acostado en su lancha de pescador, la que sacábamos cada mañana, esa fue su última voluntad y yo se la concedí, lo enterramos dentro de ella, para que navegue por otros puertos y muera feliz por siempre.

Mi padre se dio como una orquídea en el desierto, por la pura voluntad de Dios, de chamaco, él y sus padres anduvieron huyendo por los morchinches de la revolución, que si Emiliano Zapata, que si la justicia social, y que el sufragio efectivo, no reelección, “¿y todo pa´ qué hijo?, Yo desde que me acuerdo he sido pobre, y los ricos nomás se han hecho más ricos, por eso nunca entendí pa´ que tanta matazón” me contaba, y yo permanecía atento a sus historias, ¡que aventuras las que vivió!, pero de todas la más dolorosa fue la de Doña Brisa, la única que fue su esposa, ahí estuvo la más difícil, la que con los años se convirtió en una punzada que él se llevó a la tumba; por lo que me contaba la primera vez que la vio fue en el mercado de una polvosa ranchería ubicada entre Veracruz y Oaxaca, el destino lo sotaventó por allá, donde fue a dar a gatas, trabajando como burro para ganarse el bocado de comida, Brisa y Doña Salustia, su madre, vendían las flores más hermosas que se daban sobre la tierra, lo mismo ofrecían enormes girasoles que pequeñas orquídeas, tenían desde azucenas de mayo hasta flores de noche buena de diciembre, aunque estuvieran en agosto, pero entre tanta belleza había una flor que se había robado lo mejor de todas las flores, poseedora de un aroma que azotaba como las olas, con el color de encima tan pigmentado que impresionaba al mismo cielo, y los pétalos que tenía se abrían y cerraban con misterio debajo de esas dos cejas, esa era Brisa, que soplaba como una brisa fresca, natural, recién salida del mar, que a todo le da sentido.

“Mi lancha se dejó llevar sin rumbo por la corriente que brotaba de aquellos ojazos, bonitos como una bendición, y su pelo azabache, prieto como una noche sin estrellas, trenzado sobre su rebozo, ¡chulada de mujer!” me platicaba emocionado, desde entonces creo que los recuerdos son como una segunda vida. “Podía haber mucha gente pendeja en éste mundo – comentó mi padre alguna vez - pero no Doña Salustia, que siempre andaba con un ojo al gato y otro al garabato, nomás viendo que novedad pescaba, como me acuerdo aquella vez cuando Tulipán, la hija de Doña Ninfa, pasó a su puesto a comprar un ramito de alcatraces, antes de que cogiera la primera flor Doña Salustia la agarro duro de la muñeca y se la llevó atrás del puesto a decirle quien sabe que, la cosa es que Tulipán acabó hecha un mar de llanto y ni se llevó nada, ya luego me enteré que Doña Salustia había adivinado que estaba preñada nomas con verle los ojos, la pobre Doña Ninfa tuvo que cerrar el puesto de verduras hasta que su hija tuvo al chamaquito, pero fue hembrita, y siguiendo la mala costumbre familiar de usar pa´ todo nombres de flores, se le bautizó con el nombre de Lirio; al principio la santa señora no quería ni que le preguntaran de su nieta, y cuando se le hinchaban los cojones decía que se llamaba Lirio porque esas flores nomas se dan en aguas puercas, pero al ratito se arrepintió con ganas y le agarro harto cariño a la escuincla, a la que crió como si fuera hija suya hasta el último día”.

Mi padre se enamoro locamente de Brisa desde la primera mirada que cruzaron, sus ojos conversaron un momentito en lo que la Doña se volteó a acomodar sus flores, pero había tardado más en hincarse de espaldas que en levantarse, según ella porque le llegó un olor a algo raro, y así se la pasaron por un mes, desde que llegaban al mercado andaban con boca de sepultura, casi ni respondían por estar en la chorcha con miradas; ella llegaba diario con su mamá como a las seis de la mañana, y a esa hora mi padre ya tenía rato de haber abierto el changarro, por lo que me contaba, allá en Oaxaca se quedaba con Doña Francisca, la viuda de su tío Salud Murcia, y se salía cuando apenas comenzaba a clarear pa´ tener tiempo de pasar frente a un arbolito de flores rojas, muy chulas todas, y cortar una y ponérsela en el ojal de la camisa; cuando él me conversaba éstas cosas yo pensaba pa´ mis adentros, “ojalá y nunca me dejes sólo papá, porque si me desamparas yo me moriría”, yo no sé cómo le hace la gente para vivir tanto, para aguantar las punzadas que da la vida, mi papá me contaba que una vez le preguntó lo mismo a su tía Chica Murcia, y ella le dijo “tienes que aprender a hacerle como los gatos marrulleros, acuérdate nomás de lo que te conviene, porque si no, ¡ay mijo!, si no pues llegas a cierta edad en que te pones loco”.

Mi papá siempre decía que sólo Veracruz es bello, yo nomás he conocido mi pueblo, que queda bien cerca del puerto jarocho, y que parece un sueño soñado por los mares, por eso no soy quien para desmentir, pero si sé que de chamaco anduvo alguna vez por las playas de aquel “rinconcito donde hacen sus nidos las olas del mar”, iba huyéndole a la muerte, que rondaba por todo México como una sinrazón, y al ver por vez primera tanta agua junta se la bebió todita con los ojos, lo malo fue que por aquellos tiempos andaba la bola de los cristeros moliendo esos lares y no pudieron quedarse a vivir, pero él no se iba a quedar con las ganas, segurito que algún día volvería a pisar esa tierra donde las notas del arpa brillan sobre el mar, componiendo eternos guapangos. Ésta y otras confesiones fueron los temas de conversación entre mi papá y Brisa, y ella le contaba lo suyo también, de las luces de las noches y los rayitos del amanecer, pero siempre sin palabras, siempre mudos, sólo con miradas, pues los dos habían descubierto el idioma del amor.

Doña Salustia ya había leído algunas de las cartas románticas escritas en los ojos de Brisa, ya sabía que alguien andaba calentándole las semillas a su cría, pero por más que pelaba los ojos no había dado con el sonsacador, el mercado siempre estaba atestado de gente, además ¿Quién se iba a fijar en aquel pelado despachador de chivo?, yo si le dije a mi papá esa tarde que me contó éstos asuntos “¡conchale viejo!, ¿y por qué no te la robaste?”, él nomas se quedó mirando cómo se dormía el sol y me dijo ”porque a veces las llagas que se quedan en el alma se convierten en túneles por donde se nos cuela la noche”. Pero resultó que un fin de jornada, cuando la Doña y su hija cerraban el negocio, Doña Salustia pisó mal y termino echada en el piso como una perra flaca, “Dios castiga sin palos ni garrotes hijo” me decía cada que se acordaba, y se reía tantito antes de tragar otro sorbo de cerveza; esa vez mi papá corrió a levantarla y la muy mendiga, que estaba que se la llevaba judas, lo dejo bien trasquilado “Suélteme cabrón, mejor vaya y recoja a su chingada madre” le gritó, y se la desquitó con él, que ni la debía ni la temía. Brisa tuvo que jalar del brazo a su señora madre para que no se le fuera encima a mi papá, preguntándole que traía contra aquel pobre cristiano, que no lo tragaba; “ni lo trago ni lo cago, para mí ésta clase de gente no existe”.

Me estoy acordando de las zapatillas negras de pulsera en el tobillo, que se meneaban como hojas de palmera borracha, ligeritas, y de sus piernas firmes, que estaban contenidas dentro de aquel par de medias oscuras, partidas en dos por una raya negra que nacía en el talón y terminaba allá arriba, donde empezaba la imaginación, sus caderas se movían como barca en alta mar, pero los ojos no tenían la profundidad del cielo, más bien parecía como si estuvieran muertos, eso sí, cada que pudo me sacó que dizque el danzón era cubano, “que yo sepa es jarocho” le contesté, pero en eso nunca llegamos a ponernos de acuerdo, así que mejor me la llevé a caminar por el zócalo para invitarle una horchata de arroz, “así sirve y se me baja tantito la muina, chacha tú estás loca, como va a ser cubano el danzón” le dije en broma, y me lo tomó a bien, hace falta ser abusado para decirle cosas así a una mujer sin faltar al respeto, y como nomas se sonrió ya no supe que más decir, un fulano me sacó del apuro cuando gritó “¡épale Rufino, que te vaya bien compa!”, “¡ese gallo, nos vemos!” le respondí, y nos seguimos a la playa, alumbrado por la luz de unas casitas, “¡buenas noches Rufino, ¿Cómo sigue tu papá?”! Me pregunto Doña Adolfina,” buenas noches Tía Adolfina, mi papá ya se murió” le respondí a la doñita levantando una mano como un saludo, “Ah que bueno, entonces ahí me lo saludas” me dijo y siguió sentada en su silla de ojo de perdís, tomando agua de Jamaica y acordándose de sus amores pasados.

Caminamos sin rumbo hasta allá, donde están las dunas costeras empolvando la vida con su arena delgada, algún día llevaré mi escoba para barrer tanta miseria, pero esa noche no vi miseria que barrer, nomas agua; luz de luna y agua bendita, y sentí muchas ganas de bautizarme otra vez, y me acordé de la vez que mi papá me contó cómo le hizo para convencer a Brisa de fugarse con él, fue en un descuido de Doña Salustia, “vámonos de aquí Brisa, cásate conmigo, palabra que voy a hacerte muy feliz, a llevarte al cielo y regalarte la perla más grande de los mares, esa luna que nomás brilla sobre las aguas de Veracruz” le propuso en su mente, a tres metros de distancia, y ella sólo le dirigió una breve mirada “¿Cuándo?”, pero la doña se dio cuenta de esa última frase, y desde entonces le pelaba a mi papá unos ojos de tecolote rojo, “Usted es el sobrino de Chica Murcia, ¿verdad?” le preguntó a mi padre esa noche, “pa´ servirle a Dios y a usted doña” “a mí usted no me sirve para nada, solo quiero decirle que le prohíbo tajantemente que le vuelva a dirigir la palabra a mi Brisa” “pero si su hija y yo nunca hemos cruzado palabra, doña”, “pues por si pensaban hacerlo, así que está usted advertido” y Brisa dejó de ir al mercado por tres días, y mi papá anduvo bien ponchado, escribiendo poemas que no le salían; “Amor, nomás te menciono y te me sales del rumbo, pero te me apegostaste en el corazón”, “si me duermo temprano te sueño más rato”, “me faltan tus miradas para acordarme de que aquí sigo” y cosas así, la que anduvo arrastrando el zarape esos días fue Doña Salustia, que no la calentaba ni el sol, cada que podía le echaba un refilón a mi papá y el nomás se aguantaba, cuando me hablaba de esto se le ponían los ojos colorados, como concha de jaiba.

Al tercer día sin Brisa mi papá ya no daba una, andaba como ido, con el corazón arrumbado detrás de la cabeza, “Abulón, yo también me quiero casar contigo, no duermo desde que no te veo y paso las noches llorando, estoy vacía por dentro, me muero a gotas por no tenerte cerca” escuchó, pero Brisa no andaba por ahí, “Abulón, ven por mí, llévame al cielo, hazme el amor” entonces él me contó que nomás cerró tantito los ojos y pudo verla, estaba adentro de su pecho, bien tibiecita, vestida de seda y con los pies descalzos “vámonos hoy Brisa, cásate conmigo, vámonos a Veracruz, yo te voy a cuidar”. Esa noche empacó todos sus tiliches para largarse lejos con la brisa del mar, se despidió de su tía Francisca y salió todo carrereado al zócalo, a buscar a Brisa, “pero muchacho, que van a decir tus papases si se enteran de esto” gritó Chica Murcia y él nomás le contestó, “Tía, a mis papás ya se los llevó el cólera desde hace rato” “¡ah, deveras!, entonces que Dios te bendiga hijo”. Un señor que criaba caballos, creo que un tal Don Santos Guadalupe, les cobró unos cuantos pesos y se los llevó a trote a la estación de ferrocarril más cercana, “pero me salió más caro el caldo que las albóndigas, por que el fulano parecía cotorro de lengua negra, hasta eso que era buena gente, pero ah! como hablaba, se la pasó contándonos de la noche que llegó Francisco I. Madero a Oaxaca, cuando la bulla de los partidos políticos y eso, ya ni me acuerdo bien hijo”.

Mi papá y Doña Brisa se casaron llegando a Alvarado, así en caliente, porque ella le dejo bien clarito que nunca iba a dormir en la misma cama con ningún hombre que no fuera su marido o su hijo, “y el segundo, cuando llegue, no cuenta” le dijo, así que para la noche ya eran marido y mujer, mi papá rentó un cuarto y esa noche de bodas hicieron el amor en sueños, porque sus cuerpos venían hechos pomada por los dos días de viaje, pero segurito que a la mañana siguiente se la desquitaron, eso no me lo contaba mi papá, lo que si me conversó fue que a poco de casados Brisa le mandó una carta a Doña Salustia que decía “mamá, estoy bien casada con Abulón, ando acá por Veracruz, ¿cuándo vienes a visitarme?. Tu hija que te extraña. Brisa”, y a los cuantos días le llegó una misiva en un sobre blanco sin remitente, era de su mamá, y decía “Brisa, vas y chingas a tu madre que soy yo. Salustia”, y desde ahí se quedó huérfana. A Doña Salustia se le amolaron las emociones desde que se le murió el esposo, al que le decían el innombrable, por que para ella estaba prohibido repetir aquel inocuo nombre que se perdió en el olvido. Doña Salustia se casó más a fuerza que de ganas, pero se acostumbró fácil a la costumbre, al trajín del matrimonio, al estira y afloja de todos los días; en las madrugadas el innombrable salía pal Mogote del Pozo, que es como se llama el cerro por donde iba a jornalear en el sembradío de frijol, allá en San Pablo Etla, “Una tierra mexicana de callecitas empedradas donde la vida es bonita Rufino, y por las tardes los callejones se pintan de rosales, y por las noches se matizan de amores, y la vida de por allá te sabe a quintoníles, berros y chepiles; me cuesta trabajo explicar un lugar tan bonito hijo, con un nombre medio fuereño y medio nuestro; se llama San Pablo en honra a los apóstoles y Etla quiere decir donde abunda el frijol, pero quien sabe en que voces de indio; pa´ mí el lugar siempre estuvo en medio de dos fuegos, entre el níspero y la guayaba, entre la yerba de cáncer y el gordolobo, entre el jilguero y la chachalaca, entre el río Molino y el río Gusano, pero siempre desembocando en milagros”.

Doña Salustia molía el sancocho por las tardes para que su marido se lo tragara frío cada noche, y así se les iba el tiempo, entre víboras corredoras y coralillos. Pobre señora, me conversó mi papá que siempre que podía le contaba a todo el pueblo cómo le mataron al marido en la revolución, de un tiro en la cien, dejándola sin nada más que un jardín de flores para criar a su hija, pero todo San Pablo Etla supo bien que el innombrable se había pelado con una diosa india que vendía cerámica y artesanía en la calle, dejando a la mujer con el jugo del alma como cáscara de limón y un luto acochambrado de un año. Para ella el innombrable estaba muerto y sepultado.

Nicolasa fue la única que supo con tiempo que su comadre se quería fugar con mi papá, la misma Doña Brisa se lo había contado una tarde de miércoles, cuando venían de regreso de tomar ceniza en la parroquia, “ando en pecado mortal comadre, hasta siento ésta cruz de tiña mal hecha que me quema la frente, ¿sabe? me quiero ir de aquí con un fulano de pupilas de lumbre que mi mamá no traga, ¿qué me aconseja usted comadrita?” preguntó Brisa y Nicolasa nomás dijo “pues comadre, sobre el muerto las coronas” y no dijo más. Al otro día ya venían a rumbo, y aquí se quedaron a ser felices, a correr descalzos por la playa, a retozar por la arena dándose besos de pollo, a tocar la guitarra, fumar tabaco y tomar agua nieve, “conchale chacho - me había dicho mi viejo una vez, cuando anduve saliendo con tres viejas – ¿todavía no puedes ver la luna de día?, pues a ver si te apuras, porque los años pasan volando como bruja”, yo nomas le canté la sarna: “sarnícula emperadora (tilín tilín), madre de la jiribilla (tolon tolón), déjame rascarme ahora (tilín tilín), que me sabe a mantequilla (tolon tolón)”.

El mero día del grito mi papá y Doña Brisa fueron al zócalo para oír al señor alcalde tocar las campanas del palacio municipal gritando: ¡Viva México!, después anduvieron huyendo como alma que lleva el diablo, librándose de unos buscapiés que soltaba el torito encuetado y luego bailaron hartos sones jarochos; el jarabe loco, la bamba, el siquisirí, la mariachuchena y otros guapangos que brillaban como cocuyos al sonar del arpa y la jarana, hasta parece que los estoy viendo, muy bullangueros, uno con sombrero de palma y zapateando en las tablas, la otra moviendo las enaguas y sonando los tacones, y bailaban de gusto sus dos corazones. Al otro día mi papá amaneció grave, Sebastiana la curandera le dijo que una mujer mayor le había hecho un mal muy duro de cortar, que esa mujer le tenía mala voluntad porque creía que él le había robado su flor y que por eso lo quería matar con tierra de panteón, piel de culebra y velas negras, así que le recetó baños de luna llena con pachulí a la media noche y almuerzos de zopilotes en conserva y lagartijas en pipián hasta que se aliviara, pero  con los días mi papá nomás se ponía peor, así que Doña Brisa fue corriendo a ver al Doctor Cristo Del Río para que le diera una revisadita; la casona del Doctor Del Río era de patio grande, lleno de helechos gigantes, palmeras enanas y jaulas nuevas con gorriones desentonados, por eso Doña Brisa se extravió un buen rato hasta dar con la puerta de la botica. “Es Cólera.” diagnosticó “lo que su marido tiene es muy delicado señora, si usted gusta le voy a recetar algo”, a Doña Brisa se le hicieron agua los ojos y nomas preguntó “¿y con esto se va a curar, doctor?”, “no señora, pero por lo menos va a tener ratos de sosiego”, ahí se les empezó a venir abajo el cielo, cacho a cachito, mi papá aguantó las diarreas como macho mexicano, pero una madrugada a mediados de octubre sintió que la vida se le iba, así que le pidió a Doña Brisa que fuera por el señor cura, que necesitaba los santos oleos porque sabía que no iba a ver el sol del otro día, pero su esposa nomás agarró un sillón de palma y se sentó frente a la cama de mi papá para verlo como sufría los vómitos y se secaba como un charco. Se oyeron en la puerta los tres golpes de San Pascual Bailón y Brisa jaló el quinqué de petróleo para ver quien vive, zafando el pestillo de la puerta y dejando entrar a la visita.

“¿Le ofrezco algo de tomar?, pásele seño, está en su humilde casa”, pero nadie contestaba; dice mi papá que oyó todo clarito, pero no pudo abrir los ojos ni decir nada, “¿viene a buscar a mi marido, verdad?, yo ya lo veo muy malo, pero mire usted, nos queremos mucho, apiádese de él que es todo lo que tengo, déjemelo otro ratito, no sea mala, marchantita”, y que la catrina va soltando su farolito y le va diciendo a Doña Brisa “a ver, si deveras te interesa tanto que la vida se lo acabe te propongo algo, tu vela por la suya, y aquí te lo dejo otro rato, ya luego se vuelven a ver, pero no se lo cuentes a pifas”. Mi papá despertó como si nada el merito día de las fiestas a la Virgen del Rosario, y mientras el pueblo paseaba en lancha a nuestra santa patrona por el río Papaloápan, llenándola de flores y risas, mi papá lloraba a solas el cuerpo sin vida de Doña Brisa, que amaneció dormido en el sillón nuevo de enfrente, reposando como un capullo tierno que ya no va a brotar, pero el amor no se le marchitó ni después de muerta, porque después del novenario todas las noches se metió en los sueños de mi papá, recordándole el arte de amar sin hablar, hasta que los años le pusieron blanco el bigote. Mi padre no fue un santulario ni rezador, era pícaro y dicharachero, pero después de la muerte de Doña Brisa agarró la costumbre de rayarse una cruz de carmín en el pecho con el bilé de su mujer; la Sebastiana fue la que le dijo que todos los días se pintara de tristeza roja ahí donde ha de estar el corazón para el que tiene, y me acuerdo que hasta cuando se iba con las putas se lo pintaba, según esto para que le sanara más rápido su alma, por que me dijo que se sentía como perrito callejero atropellado, pobre de mi papá, cuantos ramalazos tuvo que aguantar en ésta vida, a él si le fue como en feria.

Tengo muchas ganas de volver a ver a mi viejo en el mar, de salir a pescar truchas en su lancha de motor abajo del puente, de sentarme en el muro a ver las gaviotas y tomar el fresco mientras el sol pinta de ocres las playas, porque soy el que soy gracias a él, y ya que se fue me quedé sólo con mi tristeza, bueno, ya ni tan sólo porque hace rato conocí a la morena, y caminamos de noche por la playa antes de hacer el amor, con los pies descalzos que se ensuciaban de arena cruda, y las olas los bañaban, y las manos se nos habían entrelazado como mecates de paja. Cuando uno pesca sin luz, desde el río se ve el techo de la iglesia, blanca como un cerrito de conchas y con su perla refulgurante en el cielo, alumbrando mi puerto bonito, y el último domingo de mayo todo se viste de blanco, el zócalo se engalana para celebrar las cruces de mayo y los menesteres saben a frescura de la costa con cielo azul y toritos de coco, y cuando respiras te sientes como un chamaco, blanco por dentro, ese domingo en la noche, ya luego de la jiribilla y la boruca, el señor obispo llega a bendecir las cruces y ver a las jarochas de gala taconeando con sus chongos en la cabeza, ahí anduvo una noche la  morena, viendo las cosas desde lejos, sin que nadie más la viera, oliendo el incienso que dejaba el señor obispo a su paso, y cuando se fijo que yo la miraba me echó unos ojos de tigrillo bravo y salió huyendo como chilanplín, pero en la noche de amor me dejo comerme su fruta tierna, jugosa y sin semilla, y treparnos al cielo, a dormir sobre la arena. Enamorados.

“¿No te he dicho que te amo, Rufino?” me dijo la muy claridosa sin quitarme esos ojos fríos de encima, y su voz sonó como el murmullo de las olas cuando el mar está de buenas, ”también amé a Abulón, lo amé lento alguna vez, metiéndomele en la cama y borrándole con la lengua esa cruz de bilet pintada en su pecho, por que como le dije, ya no iba a necesitarla, y me porté como otra de sus putas, pero con él fueron como dos veces” me dijo antes de tragarse mi último aliento en un beso, de ahí todo se me puso negro un rato y luego desperté, viejo, ya eran como las siete de la mañana y yo echado en la arena como un barbajan, sin pararme a trabajar, y tú ya andabas en la playa, arriba de tu lancha, pescando los primeros rayos del sol. “¡Eah hijo!” me gritaste “trépate a la lancha, vamos a pescar de gusto que te encontré” y me subí dejando en la orilla un tulipán blanco y marchito junto a mi cuerpo apagado, muerto de amor por amar al anima que no debí, a la que le dicen la flaca, la calaca, la catrina, la visitante de la noche, pero para mí siempre será Bella, La Bella ojos de Zafiro, la que nos hace el amor a todos tarde que temprano, porque arrieros somos y en el camino andamos. Abrázame papá, abrázame duro y ya no llores, que yo también te extrañaba, vamos por Doña Brisa, que está cruzando el río, allá la veo vestida de novia, sentada en la playa esperándote. ¡Ah! y antes que se me vaya a olvidar viejo, te mando saludos mi tía Adolfina.

viernes, 18 de junio de 2010

JOSÉ SARAMAGO

Allá en el centro del mar

Allá en el centro del mar, allá en los confines
Donde nacen los vientos, donde el sol
Sobre las aguas doradas se demora;
Allá en el espacio de fuentes y verdor,
De mansos animales, de tierra virgen,
Donde cantan las aves naturales:
Amor mío, mi isla descubierta,
Es de lejos, de la vida naufragada,
Que descanso en las playas de tu vientre,
Mientras lentamente las manos del viento,
Pasando sobre el pecho y las colinas,
Alzan olas de fuego en movimiento.
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Agua azul

Altos secretos dentro del agua se esconden
El reverso de la carne, cuerpo aún.
Como un puño cerrado o un bastón,
Abro el líquido azul, la espuma blanca,
Y por fondos de arena y madreperlas,
Bajo el velo sobre los ojos asombrados.

(En la medida del gesto, la anchura del mar
Y el nácar del suspiro que se enrosca.)

Viene la ola de lejos, y fue un espasmo,
Viene el salto en la piedra, otro grito:
Después el agua azul descubre las millas,
Mientras un largo y largo y blanco pez
Baja al fondo del mar donde nacen las islas.
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Los inquiridores

El mundo está cubierto de piojos:
No hay palmo de tierra del que no chupen,
Ni secreto de alma que no acechen
Ni sueño que no muerdan ni perviertan.

En sus lomos peludos se divierten,
Siendo amenazas, todos los colores:
Los hay castaños, verdes, amarillos,
Los hay negros, rojos y grisáceos.

Y todos se encarnizan, comen todos,
Acordes y voraces en su intento
De dejar, como restos de banquete,
En el erial terrestre huesos mondos.

Obrigado por extraudinarias seu trabalho, boa sorte


viernes, 4 de junio de 2010

POEMA Sed

Embriágate de mí
llena tu copa de mis besos y bébelos
sacia tu sed y piérdete de esta realidad mundana que nos perturba
sirve más de mí y cánsate de beberme
quiero ser tu vicio sutil delirio que te duerma y te pierda
Bébeme
embriágate de mis caricias
has que tu garganta ronque con cada fibra que  toque
bebe otra copa de mis caricias y luego la botella entera donde va todo esto que siento por ti.

Orazio Barmez


Foto de Internet

viernes, 29 de enero de 2010

POEMA: Soy...

Soy nada
Soy polvo que el viento no eleva como al ave
Soy tierra que se pisa y se vuelve lodo con el agua
Soy pasto que florece con la lluvia y se extingue con la resolana
Soy ese que tú has encontrado, tan poco y sublime a tus besos, inseguro al futuro de tus besos,
Necio con mis miedos y debil al llanto.
Soy polvo que el viento solo lleva de lado a lado
Soy polvo que un día se vuelve roca y arrolla tus labios.

Orazio Barmez

martes, 19 de enero de 2010

POEMA Árida Tierra

Árida tierra seca exparcida muerta por el sol
Arrullada en la noche dormía con luna cantando rondas entre versos sonreía
Árida la tierra, esperando ser besada con tan solo una caricia
Los arboles que se hayan a lo lejos ven su muerte a escondidas
Las noches tardan mucho y el sol la marchita
Árida se ha quedado porque la lluvia no aperece se ha marchado sin ella
Y sobre su rostro nada florece
Tierra desnuda por el frío que la besa partiendo con sus besos la piel oscura
Árida la tierra donde algunas hojas secas acarician su belleza.

 
OB


Foto Alecs Ortiz

domingo, 22 de noviembre de 2009

Mariposa de Cristal Reseña de libro


RESEÑA DE LIBRO Mariposa de Cristal
Por Oracio Barmez


“…Para debutar como aspirante a alcanzar el éxito en el México de hoy es estrictamente indispensable: pensar mierda, sentir mierda, comer mierda y respirar mierda, hasta retroceder a la etapa irracional y salvaje, millones de años antes del homo sapiens”.

Toda historia comienza con circunstancias que la vida nos pone de frente, un nuevo proyecto que no concluye hasta que asimilamos conscientes ese proceso.
En esta ocasión les quiero hablar de un libro que llego a mis manos a través de un amigo con el que pocas veces nos frecuentamos por el ritmo de vida en la ciudad, trabajo y trabajo, horarios absorbentes y una vida agitada llena de todo menos de espacios para la lectura, por ello la sugerencia de leer este libro y compartir de alguna forma el trabajo de este autor resulto interesante, pues a veces iniciar alguna lectura por cuenta propia resulta un reto al que le puede ganar la indiferencia y o la falta de costumbre hacia los libros.
El titulo que llegó a mis manos (con la sugerencia de dar algún punto de vista al concluir su lectura), me ha dado el espacio para recordar mi época como estudiante y esa situación que la mayoría sufrimos, la separación, el corte del cordón umbilical con la familia para ser llevados por el conocimiento que la educación nos promete, un futuro mejor es la consigna y el objetivo que ciegamente buscamos, desgarrados al separarnos del hogar.
Ese es el primer acto al que me remite “Mariposa de Cristal”, un libro de Raúl de León Alcocer y que hoy quiero les compartir. Se desarrolla en los años ochenta describiendo la metamorfosis de jóvenes que se insertan en el mundo de la educación superior buscando un futuro mejor en el contexto de nuestro México, subliminal mensaje que perdura en nuestros días en ese surrealismo que nos atrapa hasta enfrentarnos a nuestro propio yo y al sentido de la vida.

Al tenerlo en las manos pudiera parecer un libro común ; sin embargo, después de que te internas en sus páginas resulta ser algo mas que la primera impresión visual, una historia de vida, una radiografía del proceso de adaptación de jóvenes en una nueva etapa muy distinta, el inicio de estudios acompañado del descubrimiento de sus capacidades intelectuales,de relacionarse con sus compañeros, sus miedos, deseos y objetivos .
Es así que la insoportable incertidumbre de la juventud inexperta de lo nuevo despierta en un mar lleno de interrogantes y en el caminar hace historias de vida y marca en definitivo el destino que hay que seguir.
Hallarse solos en el desierto de la nostalgia del hogar, de los amigos y los amores a distancia y enfrentarse al rigor, rectitud y la exigencia de la escuela los hace caer en la metamorfosis cotidiana de su animalidad inexperta ante el peligro de lo real, el morbo por lo desconocido y mas aun para lo que no esta institucionalizado y lo que trasgrede.
Es un libro fácil de leer, su lectura es ligera y el autor le imprime su lado poético incluyendo un lenguaje coloquial, divertido, homoerótico que no es grotesco, acompañado de imaginación y realidad que juntas dan como resultado que el lector devore las páginas rápidamente.
El autor habla también de una realidad que sucede en la Universidad de Chapingo, la corrupción, la desigualdad y el ingreso de los nuevos alumnos a su alma mater que les promete proveerles de conocimientos pero sin cuidarles de los peligros que la misma institución ha albergado, tolerado y a la cual les tocara enfrentarse, una de ellas el de las ideologías que solían acompañarlos no solo en las casas que habitaban, sino en las aulas, rayando en un fanatismo que no tenia armas ni explicación al momento en que los dogmas se estrellaban con las pasiones del hombre.
Esta universidad mayormente demandada por varones para convertirse en agrónomos y ser “quienes exploten la tierra y no a al hombre” convive con una minoría que ahí vive, crece y se desarrolla cotidianamente, pareciera ser contradictorio que estas no cuentan y no trasgreden los espacios en donde la mayoría se impone, pero en esta historia la minoría es quien cobra importancia.
El libro tiene tres personajes principales, Margot es uno de ellos, quien sufre una transformación sexual y que resulta ser un cambio en el que participan los que lo rodean, una metamorfosis que no solo sufre ella, sino también los otros personajes que al final de la historia se encuentran distintos a quienes años atrás lo fueron. Por ello lo interesante de este libro, esa metamorfosis que se relata en un espacio lleno de tabúes pero en el cual tienen cabida la amistad, el amor, el desamor, la pasión, la traición y todas las pasiones propias de los seres humanos capaces de vivir lo que les toca.
Cada uno huye de sus miedos, de la realidad, de saberse vulnerable y encontrarse en un pasadizo que no tiene final y es desconocido. Así, los personajes emergen en sus propios miedos a las decisiones finales de sus vidas, eligiendo caminos distintos al que alguna vez compartieron, ahora solo los recuerdos evocados por la nostalgia los volvería a juntar .


“…Margot procedió a quitarse la gargantilla, pero Demetrio la detuvo, déjatela puesta fue hecha par ti…”



Gracias a la colaboraciòn y sugerencia de Sergio Martinez 
Facebook: Mariposa de Cristal

viernes, 23 de octubre de 2009

POEMA Que Importa....


Guardame en tus sonrisas, esas que me inspiraron amarte por el tiempo que haya sido, por que al final que importan cuantos minutos fuiste para mi, si en la eternidad o en el instante fuí de ti.
Buscame en tus pupilas cuando en el espejo laves tu cara y con el agua se desvanezca cada caricia que mi alma te daba.
Siente entre tus sabanas cuando al dormir quieras la paz, que me ha quedado al saber que ya no significo nada para ti y frias seran las caricias que cubran tu sueño, frias sabanas.
Odiame si tu alma aún le da importancia a los besos y el amor que tuve un dia por ti, no gastes el tiempo en dar la importancia, que por demas ya tengo, no fue insufiente sino, que tanto de mi termino por congestionar tus venas
Y en el camino te volveré a encontrar sin saber entonces, que esos labios me produjeron el colera de la nostalgia y el cancer de las lagrimas, que poco a poco se marcharon sin decir nada.
Orazio Barmez


Imagen tomada de Internet

martes, 20 de octubre de 2009

Fragmentos


Y si un día a pesar del tiempo tu mirada vuelve a encontrarme por casualidades que da la vida, mi cuerpo vibrara al calor del recuerdo aquel de tu piel rozando la mía, con eso entenderé que no hay nada mejor que seguir la mirada fija y sonreir a lo que alguna vez fuimos.
No detendré mis pasos para preguntar que es de tu vida, daré por hecho que eres feliz y no necesitas de mis intenciones finguidas, está por demás los rituales de los buenos deseos y una conversación distraída.
Y es que nunca pude dejar de verme como tu dueño, esa fué la idea más nefasta del amor que pude ofrecerte y en el remoto caso de que el amor existiera lo que yo sentía entonces era pertenencia.
y al tiempo si tus ojos vuelven a encontrarme seré yo quien con la mirada fija te regalaré una sonrisa dejando al aire la primicia de que he perdido la partida.

Orazio Barmez
Imagen Tomada de Internet

jueves, 23 de julio de 2009

POEMA Recuerdos

El fantasma de tu piel está presente a cada instante, es la nueva sombra que a mis pasos acompaña.
En los días frescos me abraza, para no crispar los huesos al sonido de campanas.
Cuando cae la noche se disfraza de luna blanca, se oculta entre las nubes, su mirada no se marcha, días largos, cortos, su presencia me arrebata,
El fantasma de tu piel nunca descansa, tras mis sabanas me aguarda, en la cama va y me abraza.
Fantasma que se pierde en la memoria de la marcha, cada paso es un olvido y la distancia una mirada.

Orazio Barmez



foto tomada de internet

lunes, 29 de junio de 2009

CUENTO La Casa de los Leones


La Casa De los Leones


- Servando. Me pareció escuchar un ruido en la entrada
- Julio. Estas loco yo no oí nada, debió ser el viento que esta golpeando los árboles fuerte, pues este invierno ha sido cruel con ellos, no hay una sola hoja, pareciera que todas huyeron sin dejar huella.
- Servando. Si, es raro que esto pase, siempre hay árboles que sobreviven a esta temporada del año. Es mejor que nos apresuremos a buscar los muebles viejos de esta casa, pues ya se esta haciendo tarde y pronto no veremos nada.
- Julio. Mejor nos vamos y le seguimos mañana, esta muy oscuro y este piso de madera esta muy pronunciado, me da miedo.
- Servando. ¿miedo? por favor ¿a tu edad y tienes miedo?, no seas tonto no hay nada aaaaaaa.
Se escucho un gran ruido que hizo que las aves que dormían en el techo de la casa, huyeran tan deprisa, que la gente que pasaba por esa calle también se asusto dela estampida. Los dos jóvenes habían caído en una especie de sótano, miles de ratas husmeaban al ver los cuerpos sin movimiento, estas comenzaron a morder sus ropas, aun inconscientes podían sentir las mordidas de las fieras pequeñas que ansiaban comer algo.
Con todo y el dolor del golpe julio como pudo se levanto y grito desesperado pidiendo ayuda para salir del oscuro sótano. La noche llegaba mas rápido que de costumbre y julio trataba de alejar las ratas que asechaban a Servando; con esfuerzos logro quitarlas y despertar a Servando, aturdido por el golpe se pusieron ambos de pie y comenzaron a gritar fuerte y desesperados, pero nadie escuchos sus ruegos.
La casa de los Leonés tiene muchos años, se tejen entre sus paredes muchas historias que dejan a todo mundo atónito de miedo, sin embargo esta vez parecía que julio y Servando serian los próximos protagonistas de una de tantas macabras experiencias.
Aturdido y pálido Julio decidió sentarse a meditar la situación, al mismo tiempo Servando empezó a buscar alguna salida, objetos con que golpear, era difícil buscar entre tanta madera picada y vieja, la luz era tenue, pronto caería la noche, no permitiría ver absolutamente nada, ambos ya asustados no encontraban manera de salir de ese sótano espantoso.
Cuando la luz había desaparecido, las ratas empezaron a chillar y a salir por un hueco en la pared que parecía puerta, por lo oscuro era difícil discernir, sin embargo entre los dos chicos se dieron valor, se acercaron lentamente a ese punto del sótano, efectivamente era una puerta, por un momento se alegraron y rápidamente murmuraron.
- Servando. Menos mal que ya termino este susto, si empujamos fuerte esta puerta vieja se cae por que se cae
- Julio. Si seguro hay una escalera para subir esta casucha y salir, mi mamá ya debe estar preocupada y la tuya Servando enfurecida por que no lavaste tu uniforme
- Servando. Ya cállate, mejor empuja conmigo para tirar esta madera.
Ambos empezaron a tirar con fuerza de dos chicos de dieciséis años, pero la puerta dormía profundamente, parece no quería abrir por ningún motivo, volvieron a sentirse frustrados, con ese frió escalofriante que cunde todo el cuerpo, no podían hacer mucho, la patearon, le golpearon con trozos de madera y no modificaban nada, agotados decidieron repensar sus acciones para que dieran mejores resultados, ya que la noche seguía avanzando.

En la ciudad (Valle verde) las tardes de Invierno se cubren de niebla, son frías, donde el sol muere rápido en el horizonte, la oscuridad desesperada por cubrir la ciudad, la gente corre presurosa, agitada por la lluvia, las chapas rojas de las niñas que corriendo juegan en patios grandes y calles del parque, el sudor húmedo y frió de los niños que golpean fuerte la pelota. La noche ya viene, las amas de casa preparan el café, van a las misceláneas y expendios a comprar ese delicioso pan que todas los días preparan los pueblerinos, el olor de chocolate y café acompaña la neblina blanca como nieve, que yace sobre el valle verde, solo las luces incesantes de los coches dan dirección de calles inundadas por viento cenizo. Todo el ritual del invierno en el pequeño San Antonio, hace que las casas sean cálidas, calladas por ese frió que atropella a todo el cuerpo.
- Abuela, abuela ¿nos regalas unos dulces de café?, por favor, ya cenamos
- Si, mis niños solo dos por que hoy no lleve mas dinero para comprar
- Si, si, ¿hoy que nos vas a contar?, seguro mas historias de las brujas que bajan del cerro, no, ya se, tal vez del lobo que se come a los niños pequeños, o los duendes que lanzan piedras en el río.
- No, hoy les contare de Julio y Servando, dos amigos que buscaban tesoros perdidos, en los lugares mas alejados del mundo.
- Órale, esto suena emocionante, ya empieza abuela.
- Tranquilo que la noche apenas llega, y sin la noche los cuentos no tienen magia.
Los días de invierno son acogedores, porque la gente se reúne para tomar chocolate, de paso afianzan lazos fraternales y de amistad.
- Julio hace tiempo dejo de ser social para entrar al mundo de los tesoros, el soñaba con armar un santuario del pasado, así era como el decía, quería reunir todos los artículos y cosas viejas que pudiera, exponérselas a la gente que vive en su pueblo, y así recordaran sus antepasados. Pero no es suficiente con que la gente vea lo viejo, se necesita de historias, de cuentos, que hagan a la gente poner atención.
- Pero abuela Julio y Servando son mis...
- Silencio que toda historia merece respeto niño.
Pronto las paredes húmedas, sin luz, empezaron a ser sombrosas, escalofriantes, en la azotea se escuchaba el silbido del viento, como augurando el desenlace de los chicos, que lloraban inconsolables, el viento gritaba con sonidos macabros. Se pusieron de pie, se miraron al mismo tiempo, corrieron con fuerza al punto dónde se encontraba la puerta, que de un solo golpe cayó del otro lado; salieron murciélagos aleteando por encima de sus cabezas, ratas despavoridas, ahora los que atemorizaban eran Julio y Servando, pero seguían encerrados, sin embargo descubrieron unas escaleras que daban a otro sótano, se acercaron y bajaron cuidadosamente. Un ruido constante, agua corre muy agitada, se sorprendieron mucho, era un río subterráneo, probaron si era muy profundo, solo les daba a la cintura el agua, inmediatamente caminaron hacia donde iba la corriente.
- Servando: Creo que si seguimos podemos encontrar una salida.
- Julio: Espero que si, porque ya tengo muchísimo miedo
La corriente empezó a ser más fuerte, los arrastró a su antojo, los llevo más y más rápido, hasta que se hundieron completamente en una especie de remolino que absorbía el agua del río subterráneo.
Julio. Servando, Servando despierta, mira, por fin salimos de la casa de los Leones.
Servando: ¿Logramos salir de ese laberinto?, ya esta amaneciendo, el sol ya empieza a asomarse, ¿pero donde estamos?, ¿alguna vez has estado en este lugar?, yo no recuerdo que en San Antonio haya una laguna tan bonita como esta.
Julio: ¿Entonces estamos perdidos?
Ellos estaban en un lugar que no conocían, nunca les habían hablado de el, y mucho menos estado ahí, sin embargo ese lugar existe, esta al otro lado del cerro del Acatepetl, se encuentra frente al pueblo de san Antonio, de el salen ríos subterráneos y arman una laguna, que esta encantada, pues quien cunde en sus aguas nunca logra regresar a casa.
Los niños con cara de sorpresa escuchaban lo último que decía la abuela, que disfrutaba contar sus historias.
- Madre, ya es hora de que entres a la casa ya hace mucho frió, esos niños deben dormir, pues mañana hay que llevarlos a clases, además estoy muy nerviosa pues Julio a un no llega, no se donde anda ese muchacho.
- Mamá, la abuela nos contó la historia de Julio, te digo, te digo.
- No, no ya es hora de dormir ya se acabaron las historias.
- Así es mi nietecito, la historia ya terminó, mañana solo la realidad nos espera, todo por no escuchar las viejas historias que se narran en San Antonio, si muchos niños y gente las escuchara, sabrían de los peligros que hay que evitar.
Días mas tarde, la avenida uno, donde se encuentra la casa de los Leones ofrecía a toda la gente que pasaba por ahí un olor putrefacto, que inundaba las calles. La policía llego al lugar, haciendo inspección de todo el sitio encontraron dos cadáveres de jóvenes, que yacían mordidos por ratas e incluso por murciélagos, uno de ellos tenía en manos un libro viejo que contenía fotos y dibujos de muchos lugares de San Antonio, entre ellas, la foto de la laguna que se alimentaba por ríos subterráneos.

@oraciobarmez


Foto Casa de los Leones Huatusco, tomada de www.zenko81.blogspot.com/

miércoles, 24 de junio de 2009

POEMA: Anónimo


Han pasado varios días, no tengo la cuenta de ellos, solo ha servido ese lugar para descansar, no hay esa cosa que pasa, cuando un hombre y una mujer se atraen con profundo sentimiento. Y cuando las reglas le sugieren, entonces debe haber besos, caricias, palabras, que hagan sentirse como amantes, porque así lo son, una pareja. Pero seguramente para ella es mas disfrute cuando se habla como amigos y van al café, platican, conocen lugares, llegan a casa y comen juntos, es una situación que causa cariño hacia esa persona, porque además representa a los grandes amigo y la amistad es una de esas cosas que tienen mucho valor, y entonces ella, considera que debe ser buena, debe ser comprensiva, debe entender que ese es su hombre, y algunas veces se siente orgullosa de tener a un hombre tan excelente como el, uno que nunca dice que no a ella, que siempre hace todo pensando en ella, que siempre, a pesar del mal humor y la indiferencia de ella en la cama por periodos de tiempo, le muestra una sonrisa de buen sentimiento, con ojos que le repiten una y otra vez lo que siente por ella, y que ha soportado algunos momentos bastante incómodos para el, solo porque provienen de la boca de ella. Y otra veces se siente en peligro ella, porque así es esta vida, y los peligros corren por aquí, tanto para el como para ella,que tiene miedo de quedarse aquí, cuando ya la vida esta pasando y el tiempo corriendo. Y miedo por el si alguna vez llega un momento decisivo en esta historia. No soy bruja, no quiero ser bruja...no se cuanto me importa la felicidad de los demás, no se mucho, poco nada, no lo se, pero este es mi presente.

Anónimo
24 de Febrero de 2005


Foto tomada de: skatergorix.files.wordpress.com/

viernes, 19 de junio de 2009

CUENTO Ciruelas de Mayo


Ciruelas de Mayo
Por Oracio Barmez.


Terminando el festival del día de las madres regresamos a casa, en el camino entre la gente alcanzamos a Severina, una señora más grande que mi madre pues se le nota lo flaca y cansada, nunca deja de bostezar con ganas de dormir, ella también tiene un hijo, se llama Jorge pero todos le dicen “tostado”, vamos juntos a la escuela en el mismo salón y con la misma maestra. Antes del festival de las Madres la maestra Bartola llamó a una reunión de padres de familia para que hiciéramos una prueba de los avances en lectura y entregar calificaciones de los exámenes recientes. Severina aparte de bostezar lleva la cara de enojo, le decía a mamá que sacaría a Jorge de la escuela por que la maestra no lo quiere, sin embargo lo que no sabe Severina es que su hijo Jorge a la hora de ir al baño se queda trepado en los ciruelos que hay detrás de la escuela, hasta que se cansa de masticar ciruelas verdes y otras camaguas, siempre tiene hambre debe ser por herencia (como su mamá), siempre se duerme en las clases por eso no aprende a leer, Severina enojada parece quiere ser mi madre porque decía quien como tu hijo que ya sabe leer, lo que tampoco sabe Severina es que mi mamá siempre me pone hacer la tarea y en vez de comer ciruelas me prepara gordas rellenas de papa y queso, cuando voy al baño en la escuela las ciruelas ya no se me antojan y regreso al salón. Severina y su hijo Jorge viven muy cerca de mi casa, al llegar ellos primero mi mamá decía que pusiera a repasar mucho y en junio seguro ya deletrea para pasar a segundo año de primaria, Severina bravucona dijo que su hijo era más burro que su padre y quien sabe si pudiera.
El cielo se ve negro, las nubes gordas, comienzan a caer algunos goterones de agua como canicas y se levanta el polvo de la calle, mi madre me agarra fuerte de la mano y empezamos a trotar para que alcancemos a llegar a casa sin mojarnos.
Me quedé con ganas de subir al ciruelo del patio y cortar un tenate de ciruelas para que mamá haga dulce con ellas, pero la lluvia no me dejó, es mejor encerrarnos por que seguro con tanto trueno se va la luz, siempre pasa lo mismo cuando llueve y truena fuerte. Mamá se preocupa de mi padre por que aun no llega del campo, al llegar ya casi oscureciendo amarra el caballo y entra rápido empapado de lluvia, se cambia y mi madre prepara pan, leche y té para que papá se le quite el frío de la lluvia, mientras le da tiempo de terminar las “guisadas” (tortillas con manteca, se les unta frijoles y salsa roja con queso o pollo).
Cuando es fin de semana puedo ir con mi papá a su parcela, en un cerro pequeño hay un ciruelo con dos ramas en forma de –Y-. Por la tarde después de ayudarle con lo que me pidió papá me voy con un morral al ciruelo del cerro mientras el termina con algún pendiente, ahí me paso una hora como Jorge trepado, cortando y seleccionando las ciruelas que más me gustan, comiendo las que se ven mas sabrosas, aveces platico solo, cuando sea grande plantaré más ciruelos para escoger a cual árbol cortar, no me canso de estar arriba, paso de rama a rama, hasta digo que es mi nave espacial y me acomodo para poder manejarla, se siente el aire fresco y el ritmo del viento te mueve de tal forma que sientes que vuelas, cuando me canso de jugar con el aire, empiezo a mirar los paisajes, se ven dos pueblos, gente en sus burros caminando muy pequeñitos, sembradíos de maíz y árboles verdes algunos secos y otros con flores.
Mi padre siempre dice que no suba al ciruelo por que es un árbol vidrioso y se rompen sus ramas con facilidad, pero yo no peso mucho y le caigo bien al ciruelo nunca se rompe ninguna rama, las vacas vienen a comer de las ciruelas que caen de maduras o las que tiro al treparme. Mi padre me alcanza y me ordena que ya baje, que parezco mono trepado, que se va romper las ramas, que desperdicio muchas ciruelas, que desde abajo se pueden cortar, en fin muchos regaños, lo que no sabe es que arriba, es como volar de a poquito. No entiendo por que tanto pleito si ya se leer y desayuno para no subirme a los ciruelos de la escuela.






miércoles, 17 de junio de 2009

CUENTO La despedida del Abuelo




La despedida del abuelo.
Oracio Barmez

 

El aire golpea firme sobre mi rostro mientras el auto avanza rápidamente, no aparto la vista del paisaje que cambia lentamente, terrenos largos con poca vegetación, árboles pequeños, barrancos cortos, el color cambia de verde a café. Sigo avanzando, el aire se mezcla con el polvo alborotado por de esa carretera. Una hora sin detenerse mirando cada árbol que cambia el paisaje, casas pequeñas, gente caminando lento.

El auto se detiene dudo en bajarme, camino rápido y tembloroso, ajusto bien la mochila que echo al hombro, me coloco unos lentes oscuros para disimular el miedo y la incertidumbre, algunos vehículos en fila y mucha gente que camina muy despacio hacia el mismo lugar, sus caras son ausentes, pensantes, algunas con llanto y otras disimulando la escena.

Me acerco callado, no miro a nadie, avanzo entre la gente encuentro a mi hermana y busco a mi madre no la veo, abrazo fuerte a mi hermana y suelta unas lagrimas.

Se escucha como se detiene sobre el suelo todo enmudece, se oyen gritos en el silencio.

La muerte es inevitable llega lenta o rápida, abraza no suelta hasta olvidar como respirar, como cerrar los ojos para siempre y olvidar como mover el cuerpo, así la pienso; como el mismo aire que te abraza y golpea cuando un auto corre y al abrir la ventanilla sientes esa fuerza, suave caricia muerte lenta.

Así lo abrazo, le susurro que se olvidara de ordenar a su cuerpo, cerrar los ojos, no necesitar el aire, dormirse para siempre.

Mi madre cuenta que él no quería morir, al estar enfermo siempre pedía morir sin embargo se resistió en el último momento, tenía miedo como todos tenemos miedo, nadie quiere olvidar el tiempo y fundirse en la nada, en lo desconocido, todos esperan algún regreso.

El ataúd yace sobre el suelo, la gente alrededor le mira fijamente,  mí hermana la sujeto a mí pecho consolando el miedo y tristeza.

El ritual prosiguió; rocié agua y tierra sobre la caja de madera reluciente, que resplandece con el sol, dejando en silencio una disculpa y buena suerte si en la minúscula posibilidad me escuchara, ninguna lágrima salió, todo fue silencio.

Después de eso, la familia, hijos nietos y demás acompañantes se alegraron en parte por su muerte, pues fue tormentoso el delirio para dejar de respirar. Quienes le acompañaron en su último recorrido por el pueblo aprovecharon la oportunidad para limpiar un poco las tumbas de familiares olvidados entre pasto y hierba prominente, sobre las lapidas blancas y secas.

La gente poco a poco fue dejando el santuario de los muertos.

De regreso no deje de recordar como fue el abuelo, nació después de la revolución Mexicana, siempre tuvo una personalidad difícil, huraña, gruñón, serio, amable, bondadoso hospitalario y trabajador. Cuando niño siempre tuvo un afecto especial sobre sus demás nietos.

Lamento que se haya marchado, pero lo inevitable no tiene fecha ni hora solo sucede y se incorpora a la historia que construimos y conocemos.

Un hasta pronto, suerte y disculpas fue lo último que pude decir en silencio frente a la tumba del abuelo, ese que siempre me invitaba a merendar al atardecer, en aquel comedor que apenas alcanzaba, un café endulzado con piloncillo, leche de vaca y pan horneado con leña.

El silencio al cenar se hacía presente y se olvidaba merendando del buen guisado de la abuela que iba y venía de la cocina al comedor para atender al abuelo, que sentado del lado derecho a lo largo de la mesa, iniciaba el ritual con un sorbo al café caliente y humeante.

 

@oraciobarmez
 


Foto tomada de http://www.carlosmiceli.com/